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“Jurassic Park” en las profundidades del Metro de Ciudad de México

En medio siglo de trabajo en las kilométricas líneas del subterráneo, los arqueólogos han encontrado restos de mamuts, bisontes, dientes de sable y otras muestras de fauna pleistocénica

Fotos: Cortesía del INAH

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“Jurassic Park” en las profundidades del Metro de Ciudad de México

En medio siglo de trabajo en las kilométricas líneas del subterráneo, los arqueólogos han encontrado restos de mamuts, bisontes, dientes de sable y otras muestras de fauna pleistocénica

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Ciudad de México.- Dos huevos de grulla, cada uno con 10 mil años de antigüedad, fueron hallados a 10 metros de profundidad. Eso informó vía telefónica la arqueóloga Margarita Carbajal a Pedro Joaquín Sánchez Nava, el coordinador nacional de arqueología del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

Corría el año 1979 y el gobierno de la ciudad avanzaba en la construcción de la Línea 5. La anécdota hubiera quedado en el olvido de no ser por un detalle en el reporte: Carbajal notificó que los huevos se movían y parecían a punto de eclosionar.

—¡Ay, Margarita, por favor!
—Venga a verlos –insistió la investigadora.

Durante la construcción de las 12 líneas que componen el Sistema de Transporte Colectivo (STC) Metro se han recuperado más de 20 mil objetos que datan de las épocas prehistórica, prehispánica y colonial, del siglo XIX y hasta el XX.

No sólo se trata de piezas arqueológicas o monumentos. También destacan los fósiles de animales que habitaron esta tierra antes de los segundos pisos, el asfalto o las pirámides.

Casi en cada línea del Metro se han encontrado restos de mamut
De acuerdo con el coordinador nacional de arqueología del INAH, en el Metro se han encontrado numerosos restos de animales que formaron parte de la fauna pleistocénica: mamuts, caballos, bisontes, camellos, dientes de sable y aves.

En más de medio siglo de trabajo de apoyo al Sistema de Transporte Colectivo Metro, sin duda el más extraño hallazgo fue aquel: los huevos de grulla con 10 mil años de antigüedad que, apenas extraídos del subsuelo, comenzaron a moverse.

Incrédulo, Pedro Joaquín Sánchez Nava se trasladó desde su jefatura en Potrero a Pantitlán. Cuando llegó a la carpa vio a todos los trabajadores alrededor de un restirador. Ahí estaban los huevos iluminados con una lámpara para dibujo. Al verlo, le hicieron la seña de guardar silencio, con el dedo índice en vertical sobre los labios.

Nadie habló. Incluso ahora el hombre baja la voz, como si estuviera otra vez ahí. De repente uno de los huevos se movió, o más bien tembló, mientras hacía un ruido parecido al gorjeo de las tórtolas. No habían pasado más de unos segundos cuando el otro hizo lo mismo.

Pedro Joaquín pidió el teléfono y le habló a su jefe, el profesor Francisco González Rul, uno de los más destacados arqueólogos mexicanos, entonces director del departamento de Salvamento Arqueológico del INAH.

—¿Cómo cree, Pedro Francisco? –exclamó el arqueólogo.
—De veras, profesor.
—No, no, no. Cómo cree.

Uno de los numerosos hallazgos del INAH en el STC Metro
Pedro Francisco regresó para cerciorase del fenómeno que había presenciado momentos antes. Tal vez sus sentidos lo engañaron. No fue así. Vio de nuevo el temblor de los huevos y escuchó el gorjeo. “Jurassic Park –bromea el arqueólogo, regresando al presente–. ¡Y todavía nadie lo imaginaba!”.

—¿Qué hago? –le preguntó al arqueólogo González Rul por teléfono.
—Empóllenlos –le dijo entre carcajadas del otro lado de la línea el jefe de los “metreros”, como eran conocidos los arqueólogos que excavaban durante la construcción del Metro.
—Profesor, es en serio. Se están moviendo y sueltan un sonido.
—Tráigalos, pues. Vamos a ver de qué se trata.

▶ LA PIRÁMIDE QUE COMENZÓ TODO

La excavadora removía las entrañas del Centro Histórico de Ciudad de México, a la altura de la calle Izazaga y la avenida Pino Suárez. Era 1967. Un grupo de trabajadores y sus máquinas construían un túnel para realizar una proeza que parecía inconcebible: un tren que corriera debajo de la ciudad.

En eso estaban cuando la mano de chango —como se conoce a la pala mecánica— no pudo recoger más tierra. Había tropezado con un obstáculo. La máquina de trabajo entró con más fuerza y arrancó un pedazo. De inmediato pararon las obras.

Habían topado con la parte superior de una pequeña pirámide. Se trataba, lo sabrían después, del adoratorio a Ehécatl, el dios mexica del viento, que todavía se puede ver en las instalaciones de la estación Pino Suárez.

Antes de este hallazgo, hoy convertido en la zona arqueológica más pequeña del país, la construcción del Metro había permitido a los arqueólogos desenterrar osamentas, restos de muros y escaleras de construcciones antiguas; esculturas, vasijas e instrumentos musicales prehispánicos, así como piezas coloniales.

El adoratorio a Ehécatl fue el primer basamento prehispánico que descubrieron durante la edificación del sistema de transporte más importante de la capital mexicana.

“El Metro para nosotros ha sido una oportunidad de hacer grandes excavaciones a lo largo de las rutas, de los transectos que tiene —platica Sánchez Nava—, nos ha permitido conocer qué había en épocas anteriores incluso a los asentamientos ya formales de la época mexica”.

Gracias a estos materiales arqueológicos los investigadores han podido corroborar la información que sólo conocían por documentos históricos.

Ya en 2009, en una conferencia el arqueólogo Raúl Arana Álvarez —quien participó en los descubrimientos de la pirámide de Ehécatl, del monolito de la Coyolxauqui, la diosa de la luna, así como de otras piezas aparecidas durante la construcción de las líneas 1 y 2— reconocía que de no haber sido por las excavaciones del Metro no hubiera sido posible saber tanto de nuestro pasado, pues pudieron hacer las exploraciones en lugares densamente urbanizados como Izazaga o incluso la plancha del Zócalo.

“Excavar frente a Palacio Nacional, atrás de Catedral y en la calle de Pino Suárez había sido sueño de muchos colegas: ahí estaban los restos de la antigua Tenochtitlan, pero parecía imposible de explorarse”, contó aquella vez el investigador.

“Al abrir el pavimento, las banquetas, tierra adentro vimos las transformaciones que ha tenido la ciudad desde que la habitaron los mexicas, la etapa colonial, la de Independencia y hasta mediados del siglo XX. Fuimos encontrando la historia material de la ciudad de 1967 hacia atrás”.

Por ese pasado desenterrado, sobre todo el adoratorio de Ehécatl, el Instituto nacional de Antropología e Historia (INAH) creó el departamento de Salvamento Arqueológico y propició el surgimiento de una ley para proteger los descubrimientos.

“Hay un ejercicio muy importante. Hay una lucha importante por resguardar el monumento. Así se crea Salvamento Arqueológico del INAH, que es la razón por la que ahora todo proceso constructivo tiene que pasar por una revisión de que no se esté haciendo alguna afectación histórica a nuestro patrimonio”, comenta Vanessa Bohórquez López, responsable del área de Cultura del Metro.

“Dentro de ese contexto —añade— también se da la Ley Federal de Monumentos Arqueológicos, Artísticos e Históricos. Se da como fruto de estas luchas por salvar y proteger la historia de nuestro país”.

▶ LOS GIGANTES DE LA CIUDAD

Casi en cada línea del Metro se han encontrado restos de mamut
El Metro no sólo ha expuesto el pasado prehispánico de Ciudad de México. También su prehistoria. Durante la construcción de la Línea 3, que va de Indios Verdes a Universidad, se halló el cráneo del llamado Hombre del Metro Balderas, al que se le calculan hasta 11 mil años de antigüedad.

Pero hay otra constante en las excavaciones del Metro: el rescate de fósiles de fauna prehistórica, sobre todo de mamuts.

Desde 1978, año en que el Metro desenterró sus primeros mamuts en Ticomán, hasta 1995, cuando hallaron al más reciente en la edificación de la estación Garibaldi de la Línea B, el STC ha encontrado los restos de 13 ejemplares.

“En el caso del Metro son 13 registros, entre excavación y exploraciones. Y son más de 20 restos de ejemplares de mamuts, completos e incompletos, o fragmentos de huesos, los que hay”, aclara Martín Terreros, arqueólogo del Metro de Ciudad de México.

Además de los talleres de Ticomán, sehan hallado restos de mamut dentro o muy cerca de las estaciones Talismán, Hangares, La Raza, Viveros, Pantitlán, Tezozómoc, San Joaquín, El Rosario, Tacubaya y Garibaldi.

“En la Línea 4 tenemos el famoso de Talismán, que incluso le da el logotipo a la estación”, comenta Pedro Francisco Sánchez Nava, quien intervino en el rescate de seis de los vestigios de mamut descubiertos en obras del Metro, incluido el de una mamá mamut y su cría en Ticomán.

“Encontramos uno, que fue muy bonito, muy completo, en la zona de Pantitlán, y otro en el Peñón de los Baños. En la Línea 6 por El Rosario, más o menos frente al CCH, hallamos dos. En la Línea 8 se encontró otro cerca del Cerro de la Estrella. En la 9, otro en la estación Tacubaya. En la línea 7, por Río San Joaquín, en la estación del Metro, ahí se encontró uno más. En Potrero se encontró otro. Encontramos un molar por los Viveros de Coyoacán, en la Línea 3. Y en la Línea B, el de Garibaldi. Casi todas la líneas del Metro tienen su mamut”.

“¿Qué nos cuentan los restos de esos animales sobre el pasado de esta ciudad?”, se le pregunta al coordinador de arqueólogos del INAH, haciendo alusión a la frase acuñada por los médicos forenses: “los muertos hablan”.

“Nos han contado que este entorno fue un nicho ecológico en su momento, que no sólo atrajo la presencia humana, sino también de este tipo de fauna”, responde el arqueólogo. “Nos ha enseñado también que a través de cambios climáticos tan drásticos, las especies mueren”.

▶ MISTERIO RESUELTO

Margarita Carbajal cargaba los huevos de grulla y los apretaba contra su pecho. Intentaba proteger 10 mil años de historia con su suéter. Así, ella y Pedro Joaquín Sánchez Nava llegaron a Tecamachalco, donde estaba la oficina de Salvamento Arqueológico.

Gracias al pasado desenterrado durante la construcción del Metro, el INAH creó el departamento de Salvamento Arqueológico

La bióloga y arqueóloga Alicia Blanco los esperaba. Tenía ya dispuesta una mesa con un fieltro verde y una lámpara. Ahí depositaron los huevos. Parecía un parto, recuerda Sánchez Nava. De nuevo se hizo el silencio. De nuevo los huevos gorjearon y temblaron.

—Esto es rarísimo –admitió, desconcertado, el profesor González Rul–, no sé a qué se deba.

Decidieron llevar los huevos al Instituto de Física de la UNAM. A los científicos universitarios también les extrañó el fenómeno. “Déjenlos. Haremos algunos estudios para ver de qué se trata”.

No tardaron más de 24 horas en tener la respuesta.

“Los huevos estuvieron tantos miles de años en un ambiente estable en humedad y en temperatura, el aire quedó dentro, encapsulado al alto vacío”, explica finalmente Sánchez Nava.

“Cuando los sacaron, la temperatura ambiente y tenerlos bajo lámparas provocó que el aire dentro del cascarón comenzara a dilatarse, digamos, y empezara a salir por los poros del cascarón. Eso provocaba el movimiento y el gorjeo”.

Misterio resuelto.

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